GENEALOGIA E HISPANIDAD

Por Ignacio G. Tejerina Carreras


Como todos los años, conmemoramos un nuevo aniversario del 12 de octubre, conocido en toda América y España con nombres diferentes: Día de la Raza, Día del descubrimiento de América, Día de Colón, como en los Estados Unidos, Día de la Hispanidad o Fiesta Nacional de España.
¿Qué fue en realidad el 12 de octubre, cuya celebración en estas dos últimas décadas ha sido polémica principalmente en Iberoamérica?. A nuestro entender hay cinco hechos significativos que no pueden desconocerse. En primer lugar los tres descubrimientos, que son el de los europeos con respecto a América, el de los americanos con respecto a los europeos y el de los americanos entre sí mismos. Esto último, y como es por todos sabido, es muy real ya que los distintos pueblos pre colombinos que ocupaban desde el norte al sur del continente prácticamente se desconocían entre sí. Salvo que la inmediatez lo hubiese hecho posible.
Conjuntamente con este triple descubrimiento, el 12 de octubre marca el punto inicial y sin ninguna duda del nacimiento y el bautismo de lo que mal se conoce por el nombre de América Latina, ya que su inicio da como resultado la mestización más gigantesca que se haya producido en la historia de la humanidad y el simultáneo hecho de la evangelización que significó incorporar la mayor parte de la población a la cristiandad.
Hace un momento hemos dicho mal llamada América Latina porque no compartimos esa denominación, no sólo porque la consideramos inexacta sino porque creemos que al usarla se está cometiendo un error histórico, al margen de un desconocimiento de la realidad. En este sentido, es innumerable la cantidad de trabajos y publicaciones que tiene que ver con este tema del que estoy hablando. Ello me llevó a escribir un artículo para la Revista de la Junta Provincial de Historia de Córdoba que lleva por título “A más de siglo y medio de su independencia, los pueblos hispanoamericanos no han sabido llamarse a sí mismos”. En efecto, hay cuatro términos en que se conoce lo que los españoles llamaron “Nuevo mundo” o “Indias” o “América Española o portuguesa”, y de esa terminología, dos son de origen ideológico y dos de origen cultural: las primeras son “Indoamérica” y “Latinoamérica” y las segundas “Iberoamérica”. De aquellas dos de origen ideológico nos interesa “América Latina”, pues es la más comúnmente usada. El término nació hace poco más de un siglo con gran éxito en su difusión y aceptación, lo cual no implica a mi modo de ver ni la justificación de su empleo, ni tampoco hace razonable su aceptación. Ese nombre surge a partir del intento francés de hacer pie en América más allá de sus posesiones en las Antillas, y es así como Napoleón III consideraba como su mayor acierto el establecimiento de una monarquía en México, apoyándola con todas sus fuerzas, y el primer portavoz de este programa de expansión francés bajo la apariencia de panlatinismo fue Michael Chevallier, principal apologista de la expedición de Napoleón a México y quien usó el término de América Latina. Este nombre comenzó a reemplazar el de América española y fue usado por los E.E.U.U y todos los países europeos, incluso oficialmente por el Vaticano.
Salvador de Madariaga se preguntaba que qué habría en Hispanoamérica que con tal de evitarla llevaba a contradicciones el uso de sus nombres, y también se admiraba de cómo las naciones rivales de España se las habían arreglado para “inventar eso de América latina so pretexto de que en Haití se hablaba francés”, y este lúcido escritor español agregaba con dolor “entre Indoamérica y América Latina, apañada se queda la América Hispánica, expulsada de su casa”.
Si la justificación del nombre de América Latina se le da por la aceptación de una raíz filológica, el nombre es tan inoportuno como lo sería si llamásemos a los E.E.U.U. “América Germánica” por el hecho de que el inglés sea lengua de ese origen.
Además, en cuanto a los argumentos lingüísticos, Menéndez Pidal señala “no heredaron el latín como España o Portugal, sino el portugués o el español”.
Nosotros hemos escogido Iberoamérica o Hispanoamérica, pues ambos términos, Iberia e Hispania han comprendido siempre los dos países, España y Portugal. Lo llamamos al territorio la Península Ibérica, mientras que en otros idiomas, como el inglés, se llama Spanish Península. El término de Iberoamérica entonces tiene como única connotación lo biocultural y obedece al reconocimiento de que somos un mestizaje ideológico y un mestizaje cultural.
Volviendo a nuestro título recordemos que hemos utilizado el término “Hispanidad”. ¿Por qué hablamos de Hispanidad? Presumo que todos saben qué es hispanidad y conocen la definición que Ramiro de Maeztu daba de ella cuando decía que así como el concepto de cristiandad comprendía y a la vez caracterizaba a todos los pueblos cristianos, del mismo modo él se preguntaba por qué no se acuñaba otra palabra, la de Hispanidad, para comprender y caracterizar a la totalidad de los pueblos hispánicos. En mis largas reflexiones de más de 50 años, no he encontrado una definición más exacta que eso. Somos en efecto una comunidad, porque por supuesto tenemos muchas cosas en común, pero tenemos un algo que nos hace diferentes, ni mejor ni peor que otras comunidades o pueblos, simplemente diferentes. Nuestro carácter, nuestra idiosincrasia, nuestra forma de ver el mundo y las cosas.
Pérez Prende nos dice “me atrevo a afirmar que por extraño que a alguno les parezca, lo que poseemos los iberoamericanos es un modo de ser que alimenta y sostiene, como el agua a los peces, a estructuras, pueblos, masas, climas, economías, pensamientos y actitudes que encuentran ahí, en ese modo de ser, un espacio común que no les niega ni les difumina en cuanto diversos, sino, simplemente los enlaza y articula.”
Más adelante agrega “ser iberoamericano o sea pertenecer a la hispanidad, es poseer simplemente un talante, una actitud ante la vida y las cosas, postura que se define radicalmente para implantar ese mismo orden según el cual la vida antes que las cosas.” Mas adelante agrega “si ante un mundo absorvido por un enloquecido desarrollo tecnológico, convencido de que es progreso la posibilidad de distribuirse desde las estrellas, poseído de una convicción que le lleva a montar cualquier proyecto “cultural” sólo desde un análisis que augure un buen rendimiento económico, no hay un grupo de mujeres y hombres que puedan definirse por su capacidad de invertir esos planteamientos y preguntarse, no ya cómo hay que emplear la bomba atómica, sino si tiene algún sentido haber llegado a inventarla. Si ese grupo no existe difícilmente se puede apostar por el ser humano. Si algo puede dar Iberoamérica al mundo es su modo de verle, su modo de vivirle frente a los que sólo se plantean la posibilidad de explotarle y consumirle”

Cuando las elites criollas lucharon el siglo pasado por las independencias de nuestros países, tenían en cuenta o en mente que luchaban por América desde el lugar geográfico que era escenario de su acción. Así lo pensaron José de San Martín y Simón Bolívar en un primer momento del movimiento emancipador, luego José Artigas y más tarde José Martí y otros más. Del mismo modo lo vieron intelectuales y escritores y poetas que cantaron a la América Española, como José Enrique Rodó, Rubén Darío, Ricardo Rojas, etc.
Cuando se señalan los puntos que permiten hablar de una comunidad, se habla de un pasado común, costumbres, instituciones semejantes, a lo cual nosotros agregaremos lo biológico, lo genealógico, los lazos familiares que son uno de nuestros objetivos hoy. Pero previamente a ello analicemos algunos de esos rasgos que nos unen.
Uno de esos rasgos comunes, y quizás de los más importantes, es la lengua, en este caso las lenguas española y portuguesa. La importancia que ella tiene es fundamental por cuanto es algo definitorio cuando tratamos de rastrear la identidad, ya sea nacional, regional o individual.
El valor identificatorio de la lengua es sustancial y el sólo escuchar hablar a una persona puede orientarnos hacia su origen geográfico y cultural, como así mismo lo generacional y lo sociocultural. Decimos generacional porque los jóvenes y adolescentes, púberes o niños, especialmente de los ambientes urbanos, ya sean bajos, medios o altos, utilizan una jerga particular que las más de las veces no es comprendida por los adultos.
Don Manuel Alvar, conocido lingüista que fuera Director de la Real Academia Española, decía que el lenguaje se convierte en el área donde se depositan todas las herencias que una sociedad ha constituido, una especie de cofre del tesoro cultural de un determinado grupo de gentes. Y agregaba que en la lengua se encuentra la propia identificación –frente a los demás y a los demás-, la realización de una comunidad en lo que tiene de más intransferible: la salvación de la persona colectiva gracias a la conducta individual.
Para la gran poetiza chilena Gabriela Mistral, la lengua era la segunda posesión después del alma, y para Miguel de Unamuno era la sangre del espíritu. Mi recordado coprovinciano, el poeta cordobés Arturo Capdevila, decía que atender al idioma era atenderse a uno mismo y conservarlo era cuidar de la propia identidad psicológica, para agregar que amar al idioma era una de las formas más bellas de amar a la patria.
Tampoco olvidamos que toda crítica filosófica se inicia con un análisis del lenguaje, ya que el hombre es inseparable de las palabras y sin ellas es inasible. Decía Octavio Paz que estábamos hechos de palabras y que la palabra es el hombre mismo; que ellas son nuestra realidad o al menos el único testimonio de nuestra realidad. A su vez Julián María sostiene que la lengua es la primera interpretación de la realidad, la que lleva o conduce al pensamiento, de manera que la calidad de éste depende de su soporte lingüístico.
Como hemos podido ver en estas breves reflexiones, la lengua simultáneamente es comunicación e identificación, pero algunos otros pensadores han ampliado esta franja, y así, por ejemplo, el mejicano Antonio Caso solía decir que la lengua era la patria, a lo que nosotros agregamos que también es la soberanía.
Con respecto a lo primero tenemos dos ejemplos históricos en la esfera de nuestra lengua española, y son los casos de los judíos sefarditas y de nuestros hermanos portorriqueños.
Como todos sabemos, los judíos sefardíes españoles fueron expulsados de España en 1492 y se esparcieron por todo el mundo. Donde quiera que ellos fueran, continuaron hablando la lengua castellana, y así lo han hecho sus descendientes hasta el día de hoy, utilizando antiguas palabras, pues hablan el español de hace 500 años.
El otro caso es el de Puerto Rico, el que a partir del triunfo norteamericano en la guerra con España pasó a estar bajo el dominio de la gran nación del Norte. No obstante la presión y la difusión del inglés, toda la población nativa de la isla se comunica en español, y hace casi 10 años la legislatura portorriqueña aprobó una ley por la cual se reconocía al español como única lengua oficial. Recuerdo que en esa oportunidad, como presidente del Instituto de Estudios Históricos Roberto Levillier envié una nota de adhesión y felicitación al Sr. Hernández Colón, gobernador de la isla, quien me contestó inmediatamente, agradeciendo el apoyo y manifestando textualmente que el pueblo portorriqueño “tenía el idioma español como seña de identidad nacional” y agregando que ello “los hacía sentirse parte integrante de la gran familia iberoamericana”.
Habida cuenta que la lengua es la columna vertebral de la cultura, pensamos que es nuestro deber mantenerla y apoyarla y defenderla para que por muchísimo tiempo más podamos entendernos y comunicarnos los más de 300 millones de iberoamericanos desde el Río Grande a Tierra del Fuego.
Otro de los rasgos comunes que compartimos con los pueblos hermanos y al que hice mención al comienzo de estas reflexiones con ustedes, es el aspecto religioso con la presencia viva de la Iglesia católica que cumplió y cumple, desde hace más de 500 años una labor misionera y evangelizadora extraordinaria. Hay quienes piensan –y no les falta razón- que Iberoamérica es el reservorio natural de la nueva cristiandad, del mismo modo que somos nosotros los factores más dinámicos quizás en el área de las letras del mundo hispánico.
Hablar de los valores enseñados y dejados por la acción de la Iglesia nos llevaría días, pero hay una sola cosa que quisiera rescatar, y que es un sentido profundo de libertad. Sólo los hombres de la Iglesia podían decir que “a ningún príncipe ni rey, aunque fuese el más alto del mundo, es lícito mandar ni disponer nada en perjuicio de sus pueblos o súbditos”. Así, en su tratado “De Unico Vocationis Modo” establece la tesis capital que dice:”Teniendo en cuenta que los indios aunque se encuentren fuera del seno de la Iglesia, sin embargo no están privados, ni se han de privar de su libertad, ni del dominio de sus cosas y que como son hombres, y por ende capaces de recibir la fe y de salvarse, no han de ser destruidos con la servidumbre, sino que han de ser invitados a la vida por medio de la predicación y de los buenos ejemplos”. En la defensa de la libertad se puede fácilmente descubrir la tónica común de esa época, pero entendámonos bien, no de la libertad sólo como derecho, sino como capacidad espiritual, cuna esta última de todos los derechos posibles, ya que hablar de la libertad de derecho a quien carezca de la capacidad espiritual para vivirla, resulta tan inútil como tratar de explicar a un ciego de nacimiento la gama de los colores. Fray Bartolomé de las Casas con su prosa desaforada; Fray Julián Garcés, con mejores palabras, Motolínea y Sumárraga con la prédica y el ejemplo; Fray Diego Valdés, blandiendo la certidumbre común de que no hay bienes o riquezas que puedan anteponerse a la libertad, fueron los nobles artífices de la conciencia hispanoamericana del futuro.
Pasemos ahora a la generación de la sociedad hispaño-criolla donde entrarán en juego los procesos de mestización, la familia, los lazos de sangre, las vinculaciones de parentesco, es decir, uno de los aspectos poco considerados cuando se detallan y difunden los componentes constitutivos de los pueblos iberoamericanos.
La base fundamental de esta sociedad occidental que viene a cubrir el espacio de la América Ibérica es, obviamente, la familia.
Pensadores contemporáneos adscriptos a las técnicas psicoterapéuticas de la escuela sistémica afirman que la familia es el sistema primario y, excepto raras excepciones, más poderoso al que pertenece una persona. Dentro de este marco, la familia está compuesta por toda la red de familiares de al menos tres generaciones, tal como existe en la actualidad y como ha evolucionado a través del tiempo. El funcionamiento físico, social y emocional de los miembros de una familia es profundamente independiente, con cambios en una parte del sistema que repercuten en otras partes del mismo. Además, las interacciones y las relaciones familiares tienden a ser altamente recíprocas, pautadas y reiterativas. Las conductas familiares, incluyendo problemas y síntomas, derivan otro significado emocional y normativo en relación con el contexto tanto sociocultural como histórico.
El concepto de sistema que se utiliza es para hacer referencia a un grupo de personas que interactúan como un todo funcional, ya que ni las persona ni sus problemas existen en un vacío, pues ambos están íntimamente ligados a sistemas recíprocos más amplios, de los cuales el principal es la familia.
Dicen Mónica Mc Goldrick y Randy Gerson que las familias se repiten a sí mismas, y que lo que sucede en una generación, a menudo se repetirá en la siguiente. Es decir, las mismas cuestiones tienden a aparecer de generación en generación, a pesar de que la conducta actual pueda tomar una variedad de formas. Bowen lo denomina Transmisión Multigeneracional de Pautas Familiares y la hipótesis es que las pautas vinculares en generaciones previas pueden suministrar modelos implícitos para el funcionamiento familiar en la siguiente generación. Y todo esto nos ayuda a comprender la transmisión cultural que a través de la familia hispánica se gestó en el Nuevo Mundo. Y así también el papel extraordinario que tuvieron la mujer española y la criolla en la transmisión de valores que durante siglos han sustentado nuestras vidas. A este respecto debemos decir que no han sido muchos los que se han ocupado de ellas, aunque en nuestro país las hay de mucha enjundia y entre ellas cabe mencionar a Lucía Gálvez, a Doña Teresa Prebisch, precisamente esta última en su ensayo sobre las conquistadoras tiene apreciaciones con las que coincidimos totalmente, por eso me tomo la libertad de citarla textualmente: “Descubrimiento y conquista fueron etapas de nomadismo e inestabilidad, a las que siguió otra de asentamiento, de colonización reflejado en un hecho que es su exponente por antonomasia: la fundación de ciudades. Y colonizar, fundar ciudades fue, en su esencia, un extraordinario movimiento de trasplante cultural, tomando el concepto cultura en su más amplia acepción de todo aquello que hace el hombre. En esta acción la mujer española desempeñó un papel decisivo, no obstante las limitaciones que la sociedad le imponía, como no reconocerle capacidad civil plena. (…) Desde complejos asuntos de carácter social y moral hasta los inherentes a la vida cotidiana, contribuyó a imprimir sobre los aspectos fundamentales de la embrionaria, novedosa y a momentos caótica comunidad hispanoamericana el sello de la cultura de la que era portadora: la occidental en su manifestación española. Veamos: “La generalidad de las comunidades aborígenes practicaba la poligamia. Los ejemplos pueden recogerse en testimonios referidos tanto a comunidades de alta como de baja evolución. Por otra parte, encontraban normal la posesión, por el varón, de numerosas mujeres que, fuera de darle hijos y solaz, le servían para los más diversos e insólitos usos. Consecuencia de esta subestimación del sexo femenino era la práctica de obsequiar mujeres a los hombres –españoles en el caso que nos ocupa- para sellar aspectos diplomáticos, demostrar amistad, proveer mano de obra o emparentar y hacer generación como dicen las crónicas de la conquista, abundantes ejemplos sobre el caso, tomados, igualmente, de entre evolucionados como primitivas culturas. (…)
“El núcleo del concepto español era la familia y el centro de ésta la mujer. En el caso de la comunidad hispanoamericana, la mujer española y católica. Además, llegada la doncella al matrimonio, fiel hasta la muerte a un único esposo, l cual debía dar numeroso hijos; la realización humanamente posible y acomodada a la conservación de la especie, del ideal representado por la Virgen María. De hecho quedaron enfrentadas ella y la aborigen. Cada una representaba un concepto distinto de la femeneidad y de lo que a ésta debía exigírsele; conceptos elaborados por culturas diferentes en muchos aspectos, pero similares en el común criterio de la prevalencia del sexo masculino y la subsidiariedad del femenino. El varón español necesitó de ambas mujeres y usó de ambas. Una fue la compañía que llenó su soledad en el mundo descubierto y satisfizo su sensualidad. Otra fue aquella a la que acudió cuando necesitó garantía de que el hogar, base de la ciudad hispanoamericana, se regiría por las normas de vida que deseaba trasplantar a la tierra conquistada.
“Así la española en América símbolo de un ideal de sociedad y efectivo agente ordenador, cristalizador de la comunidad desordenada y paganizada que había originado el varón. (…) Ella marcó el tono de la ciudad hispanoamericana.
“Para medir el valor de su influencia imaginémonos cómo hubiese sido esa ciudad de haber prevalecido no sus normas, sino las de la mujer indígena, acostumbrada durante siglos al sometimiento del varón. Es verdad que la española también ocupaba un puesto secundario respecto de éste, dentro de su sociedad; pero esa sociedad hacía mucho que había comenzado la marcha hacia una elevación del puesto que la mujer debía ocupar dentro de ella. Por lo tanto, puede afirmarse que el lugar que ocupaba la española, en su sociedad, era comparativamente superior al que jamás había ocupado la aborigen dentro de la suya, ya se tratase de una comunidad primitiva o evolucionada. (…)
“En esta tarea constructiva muy a menudo el varón estaba ausente, empeñado en exploraciones, fundando poblaciones, guerreando con los indios, abriendo rutas comerciales. Y cuando regresaba al hogar, tenía tan encarnado el hábito viajero, que se sentía fuera de sitio y anhelaba la próxima salida que lo sacara de la inmovilidad. Su presencia era irregular en la vida urbana, sobre todo en la familia, por lo que, en consecuencia, el elemento estable, en edad activa, y de sangre española tan necesaria para consolidar la ciudad nueva y hacerla arraigar en el suelo conquistado, estuvo, en gran medida, constituido por mujeres.”
Como afirma nuestro colega y amigo Narciso Binayán Carmona, la conquista fue un asunto de familia en el más estricto sentido del término y en su trabajo "Dos linajes sevillanos y su descendencia americana" hace suyas expresiones tales como la del chileno Julio Retamal cuando afirma "se puede asegurar… y sin temor a exagerar, que todos los chilenos son parientes a la altura del siglo XVII a lo menos, o al padre Fray Angélico Chávez que manifestó en su libro sobre las familias de Nuevo México en el período colonial que "el hecho más importante que aportamos aquí es la interrelación de todos los neomejicanos en una gran familia".
Bueno, ahora vayamos a los ejemplos.
Pues bien, esa familia de raíz hispánica de la que hemos hablado, esos lazos de sangre que se forjaron en América, como ya lo dijimos, una de las bases más importantes en la consideración de los elementos comunes que tenemos. Son miles, decenas de troncos familiares, criollos o mestizos, que desde la conquista se han ido armando y multiplicando desde el Río Bravo a la Tierra del Fuego y son muchísimos, por no decir casi todos, que han desparramado sus vástagos por todos los rincones del continente. Por razones obvias, vamos sólo a recordar nada más que algunos de esos núcleos familiares que quizás por su significación e importancia han sido objeto del estudio de genealogistas e historiadores.
Partiendo de México y América Central y con centro en Costa Rica, nos encontramos con los Vázquez de Coronado, linaje al cual Samuel Stone les llama dinastía. Este linaje se inicia con el adelantado de Costa Rica, general Don Juan Vázquez de Coronado en las primeras décadas del siglo XVI y tiene una vigencia social y política de casi 5 siglos que se extiende principalmente en América Central, México y Venezuela, siendo el genearca de esta última línea el capitán Don Lázaro Vázquez de Coronado y Guzmán y su sobrino Don Juan Vázquez de Coronado.
Cuatro miembros de este linaje ocuparon el cargo de adelantados de Costa Rica y en base a investigaciones genealógicas reveladas por autores como Joaquín Fernández Alfaro o Yves de Menorval, este último en ponencia ante la 7ª Reunión Americana de Genealogía llevada a cabo en Córdoba hace 2 años, descienden del primer adelantado, ya sea por consanguinidad o afinidad 23 presidentes de la República de Costa Rica y 11 presidentes de Nicaragua; contándose entre estos últimos a 3 integrantes de la familia Somoza que ocuparon el sillón presidencial.
De la misma manera, del capitán Don Lázaro Vázquez de Coronado y Guzmán descinden por consanguinidad y afinidad 4 presidentes de Venezuela que son Don Manuel Felipe de Tovar, Don Carlos Soublett, Don Antonio Guzmán Blanco y el Dr. Don Cristóbal Mendoza con la probabilidad de que haya otros descendientes, entre ellos José Antonio Páez, pero nos informa Menorval que los conocimientos actuales no permiten confirmar esa presunción.
Siguiendo en el marco de la América Central hay otros numerosos casos de linajes presentes en varios países, y así tenemos a los Alvarado, al que perteneció Don Pedro Alvarado, conquistador de Guatemala y fundador de la ciudad de --------------------------------- y que se extendieron por El Salvador, Honduras, Costa Rica y Nicaragua. Tenemos también a los Tinoco en Nicaragua, Costa Rica y Guatemala y que quizás sean los mismos de Ecuador y Venezuela. Los Chamorro y los Lacayo se asientan en Nicaragua y Guatemala, los Guardia en Panamá y Costa Rica, los Montúfar en Guatemala y Ecuador y en Guatemala y México los García Granados y González Saravia. Por mi parte, agrego a los Tejerina, que llegaron en le siglo XVI a Nicaragua y otros países de América Central, donde luego el apellido se tranformaría en Tigerino, y ya en el siglo XVII aparecen troncos familiares del mismo apellido, pero ignoramos si con identidad del linaje en Perú y Bolivia y en el siglo XVIII en nuestro país.
Acercándonos ya al sur de nuestra América, Don Salvador Valdés Morandé nos hizo llegar un trabajo suyo sobre 50 familias chilenas descendientes de argentinos. Quisiera recordar sólo algunas de ellas, que son las que formaron el General Juan Gragorio de las Heras, nacido en Buenos Aires en 1780 y casó en Santiago de Chile en 1820, con Doña. Carmen Larráin, nieta del Marqués de Montepío, con descendencia la familia formada por Estanislao Lynch, que nació en Buenos Aires, acompañó al general San Martín en Chile y se casó en Santiago con Doña María de Saldívar y Rivera, de su descendencia se destacó Patricio Lynch que fue Almirante y General en Jefe de Ejército Chileno en la ocupación de Lima en 1880.
También tenemos a los Navarro, Ortíz de Ocampo, Peña Lezica, Pinto Garmendia, Pietro y Warnes, Warnes y García de Zúñiga, del la Plaza, Pérez de Arce, Risso Patrón, Rodríguez Peña, Saavedra, Sarratea, Tezanos Pinto, Sayago, Anzuátegui, Vera y Pintado.
Si tuviésemos que dar un ejemplo de un linaje propio, caracterizado de nuestro país, y que tenga expansión en América, tomemos el caso del conquistador Don Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de una ciudad en el Valle de Ica, en el Perú, y fundador de la ciudad de Córdoba de nuestro país. De su unión matrimonial con su esposa, Doña Luisa Martel de los Ríos, tuvo una larguísima descendencia, no solamente en la República Argentina, sino que tuvo fecundas ramas uruguayas, chilenas, bolivianas e incluso españolas. Presidentes argentinos como José Figueroa Alcorta o -------------- y chilenos como Don Arturo Alessandri y su hijo Jorge descienden de él.
Como un exponente de muchas de las cosas que nos unen, recordemos a la esposa del conquistador Cabrera, Doña Luisa Martel de los Ríos, panameña de nacimiento, había casado en primeras nupcias con el capitán español Garcilaso de la Vega, quien era padre previamente a su matrimonio del famoso escritor Garcilaso de la Vega, llamado Inca. La madre de este último fue la princesa nativa Doña Isabel Chinpu Ocllo, nieta del emperador Tupac Yupanqui.
Hay un linaje muy importante y muy difundido en América, pero por razones obvias de tiempo, sólo recordaré a Don Sebastián Arias de Saavedra que pasó a América en 1512, y se estableció en Santo Domingo, para luego llegar en sus combates hasta Honduras, pasó la conquista del Perú y para 1550 estaba radicado en Puebla, México. A través de uno de sus descendientes, el mejicano Nicolás de Ocampo Saavedra, tuvo una larga descendencia en el Río de la Plata, y del que formó parte, según nos informa Binayán, el clan Obes, de rama principal en Uruguay con presidentes consanguíneos o por afinidad como José Ellaurri, Julio Herrera y Obes, José Battle y Ordóñez en Uruguay y Luis Sáenz Peña (por matrimonio), Roque Saénz Peña y Agustín Lanusse.
Como dato ilustrativo, pero al mismo tiempo significativo, podemos recordar a la familia Allende, natural del Valle de Gordejuela en las encartaciones de Vizcaya que durante el período de la emancipación nacional de los países hispanoamericanos tuvieron destacada actuación en tres países donde se asentaron: en Argentina, Chile y México. Al mismo tiempo que el Dr. José Norberto de Allende presidía la Primera Junta de Gobierno Patrio en Córdoba y su primo Faustino Allende tomaba las armas en defensa de ideales patrióticos, otro pariente cordobés, Santiago Alejo de Allende, defendía la causa realista y en México, el general José Ignacio de Allende y Unzaga defendía con sus armas la causa de la independencia.
Ya para terminar y como paradigmático de pertenencia tenemos el ejemplo de Don José Javier de Bustamante y Bustamante, nacido en Chile en el siglo XVIII, alumno del Colegio Nuestra Señora de Monserrat, de Córdoba, en nuestro país y de su Universodad, de la cual egresó en 1809. Emigra a México acompañando a su pariente, Don Anastasio de Bustamante, presidente de los Estados Federales Mexicanos. Allí Don José Javier llegó a ocupar los altos cargos de Senador y fue tres veces Presidente del Senado del país azteca, entre los años 1825-1833; de regreso a Chile fue Gobernador Intendente de Talca, Ministro de Marina y de Guerra en 1834, Diputado del Congreso Nacional Chileno y Vicepresidente de la Cámara de Diputados.